Hay experiencias que te transforman. No de las que nos dejan bonitos recuerdos, algunos buenos amigos o relaciones laborales o de negocios que llegan a ser productivas. No de las que se registran en fotografías que guardamos en la memoria del celular y difícilmente volvemos a ver. No de las que se cumplen estrictamente porque hay un compromiso establecido, inaplazable.
Las experiencias que te transforman son las que te hacen mejor en cualquiera de las facetas de la vida. Principalmente, en la laboral y en la personal. Mejor, todavía, si es en las dos de manera simultánea. Esas experiencias te transforman porque cambian tu forma de ver la vida, porque marcan un antes y un después, porque significan un nuevo comienzo, quizás, un despertar.
Durante muchos años, al comienzo de mi trayectoria como emprendedor, las circunstancias me obligaron a estar oculto, tras bambalinas. Estaba todo el tiempo en mi casa, frente al computador, trabajando en la tarea de hacer crecer mi negocio. Eran otras épocas, claro, en las que el mercado era reducido, en las que había pocos referentes, en las que no era fácil acceder a los recursos.
Era costoso, porque había que viajar (con todos los gasto que esto implica: traslado, hotel, comida, entrada al evento y algo más). Además, era un riesgo, un gran riesgo. ¿Por qué? Porque era poco o nada lo que se sabía de esos referentes, de los nuevos del mercado. Los grandes, los reconocidos, los establecidos, los que tenían mucho por mostrar y por ofrecer, estaban lejos del alcance.
Eran épocas, así mismo, en las que mi negocio apenas despegaba. Ya ganaba algún dinero, pero no ganaba para fiestas, como se dice popularmente. En aquel momento no lo sabía, pero mi vida, mi trayectoria como emprendedor, necesitaba un salto de calidad, entrar a una nueva dimensión. Lo hice, pero no de manera consciente, planificada, sino porque la vida me llevó por ese camino.
En alguna ocasión, vi el aviso de un evento, un gran evento de marketing, en el que se reunirían algunas de las leyendas vivientes del marketing de respuesta directa. Estar allí era como vivir un sueño. “Tengo que ir, ¡no me lo puedo perder!”, me decía una y otra vez. Junté monedas y me inscribí. Esa fue la primera experiencia transformadora de mi carrera, aunque solo lo supe después.
Al comienzo, como cualquier novato, me dejé obnubilar por los detalles obvios: el lujo del megahotel cinco estrellas, el auditorio repleto (más de 2.000 asistentes), el desfile de personas de aquí para allá, la interminable barra del bufé, las interminables jornadas que se extendían en la noche a escenarios sociales, en fin. Supe, en carne propia, qué era eso de tocar el cielo con las manos.
Te mentiría si te digo que esa experiencia me transformó. Puedo decir que me encantó, que me atrapó, que me sorprendió. La transformación, sin embargo, vino después. Y no fue un solo evento, sino la sumatoria de varios de ellos. Poco a poco, me di cuenta de que ya no era el mismo, de que veía la vida y mi trabajo de una forma distinta, de que mi mente se había abierto.
Con el tiempo, y en virtud de los excelentes resultados que obtuve, del notorio avance de mi carrera como emprendedor, la idea de organizar eventos se convirtió en una obsesión. Nunca imaginé lo difícil que era organizar uno, pues desconocía la cantidad de detalles que un participante común y corriente no ve, lo complicada que es la logística detrás de escena.



